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Entre el Sol y la Lluvia

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Los arcoíris se palpan.

Se palpan y se comen.

Rara vez dos arcoíris se palpan

pues rara vez dos arcoíris existen.

Quizás no existen, quizás no lo

hacen

hacerse amor o hacerse daño

pues rara vez desaparecen sus

colores.

Si los ves,

cuánta labia hubieras de tener para

verlo,

comprenderás el nacimiento de las manchas que perturban

y de los colores que suscitan.

Lo que susciten es cosa tuya.

Y verás, porque claro está,

una vez que los miras ya nunca

mirarás hacia otro lado,

que el conjugado tan gracioso de luces que se forma en el cielo en forma de ballenas y unicornios peleando sobre las nubes hastiadas por el amor y el odio o ni eso porque no se sabe si existen;

hará congelar tus parpaditos

curiosos.

Lo que suscite es cosa tuya.

Averiguarás los placeres más puros

los que en las antípodas del cielo

se muerden.

Y observarás la guerra más atroz

entre bestias que no se hieren

y alcanzarás a apreciar

todas las vibraciones de un arcoíris

ocultas,

¿por qué ocultas? ¡Qué suicidio!

En fin, así las verías.

Y, por supuesto,

yo también estaré en lo que mirarás con

tus ojos

pues rara vez estoy pisando la tierra.

 

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Dos breves palabras que por la noche dediqué.

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Primera palabra.

Los amores a veces no aman.

Se desgarran las pieles,

se rozan las heridas,

y se curan con saliva y un dedo

húmedo

acariciándose el labio

donde no esconden las mentiras.

 

Segunda palabra.

Es apasionante como nuestras señales son lanzadas a un vacío físico, y quizá, solo quizá, el receptor del mensaje sea afortunado.

 

Otras palabras.

Pánico
acariciando una pérdida
dentro de mí misma
que eres tú
vagando en las sombras
que no se apagaran nunca
si fuese yo su antagónica luz
su angosto ataque
frente a mi soledad.

Silencio, y no se asusten.

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Silencio.

Follarte significaba llorar

y ansiarte eran colores en las

paredes

que formaban líneas verticales en mi

cabeza.

Lloraba follándote.

Clamaba tus puntiagudas ruinas

y embadurnarte de los olores

de esos que poseen ojos eternos de

noche.

Y si olvido tu nombre

tu cara pierde sentido.

Y si follamos, aquí dentro,

dentro de mí quedas

no sé dónde.

Es lo que tienen los laberintos

que tienen paredes desdentadas

por donde filtran lúgubres sonidos.

Ah… un orgasmo

me lo arranqué de cuajo

de tu garganta y lo metí por los ojos.

Lo vi. Me asusté. Lloré.

Lloraba mientras follábamos.

Lloraba porque me mecías con tus pelos

y mi forma balanceaba tus hilos

negros construyendo un columpio

que después sería tu sonrisa

y ahí sería mi cuerpo fondo

y ahí sería cuando yo lloraría.

 

A veces te quiero.

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Hoy no quiero a nadie.

Ayer quise al mundo y a sus seres

y hoy quiero a las piedras

que enmudecen si les digo bonitas

sois como todas las flores

y me rehúsan y me tiran y me pisan

las palabras.

Mañana puede que te quiera

pero como hoy no quiero a nadie

mañana no sabré si te quiero,

porque se me ha olvidado cómo nadan los peces en el estómago

y recordé cómo se queman los escarabajos en el aliento de la noche.

Hoy no me quiero

porque no sé querer a nadie

y yo

creo que soy alguien

aunque ahora mismo no soy nadie

y solo por eso sé que no sé quererte

ni quererme

ni conocer si hablo de la misma cosa.

Hoy no quiero a las margaritas

que refrescan los vientos de invierno,

que mienten, que sepan que mienten,

porque no son fríos,

solo que te acarician el rostro

y tienen alergias

y por eso me enrojezco,

pero no siento frío.

Sabré si quiero

cuando delire

y cuando delire

no sabré que estoy delirando;

pues me quedo con saber

que yo no quiero

porque la niebla sin saberlo

por mi camino se ha ido delirando.

Ritmo cubano

Cha cha cha,
un golpe en la tierra
y despiertan los cimientos
temblorosos por el son
de tu paso
cha cha cha
firme mármol
cha cha cha
que sujeta las hojas
cha cha cha
que no caen al suelo
y en el aire flotan
cha cha cha
susurro del aire
remolino de caderas
lo tocas sin pegarte
la música que arde
cha cha cha
llovizna de hienas
su salivación en las piernas
cha cha cha
las gotas que marean
cha cha cha
nariz rejuvenecida
ojos de noche eterna
cha cha cha
hoy somos azúcar
mañana lo que tú deseas
cha cha cha
escucha el baile
hojea la música
y
cha cha cha
mañana lo que tú deseas
ahora teniendo caderas
de mujer
rasgando tus piernas
mármol duro
haciendo temblar la tierra.

Yo

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Manos de regalo

nunca más de otras,

de todas, sin ser de su dueña,

sin tocar carnes limpias,

solo tocar rostros insípidos, pasajeros,

que a la noche causan dolor

y a la mañana,

insípida

ausencia.

Censuro mis manos para cráneos sin rostro.

Agua

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Sonaba un dulce río

y, corriendo, salí a beber de su agua.

Un sin fin de árboles chocaban con mis manos que,

ciegas, eran guiadas por el sonido del río.

Y tropezaba,

tal vez no de manera fortuita

sobre la incandescente, roja,

superficie madre de mi sed.

Insaciable, empino la vista y miro el río.

Los terremotos de la naturaleza

condenan la paz solitaria

e inundan los bosques de flores y fragancias.

Alcancé el río y,

con la cara empapada de su agua,

dulce,

me impregné del sabor

del instante de los orgasmos femeninos.